Viajero
MARATÓN PINCELERO 2024
Saúl Gragirena
2/4/2024
En un rincón de mi memoria, en un lugar escondido del alma, se encuentra un lugar especial donde los recuerdos de nuestro amor cobran vida una y otra vez. Cada paso que doy por los sitios que solíamos recorrer juntos, me transporta a un mundo donde su presencia aún perdura, como una suave melodía que se niega a desvanecer.
Atrapado en un torbellino de emociones, la confundía en la voz del viento, en la sombra de los árboles, en el eco de unos pasos. Esta confusión constante me enterraba al fondo de un hoyo, a una tristeza inmerecida, del cual difícilmente saldría.
Me preguntaba si estas señales podían ser la manera que ella intentaba comunicarse conmigo en otra dimensión, algo distinto a la telepatía u otro artilugio ultra sensorial, por lo que decidí emprender un viaje emocional para comprender el significado que había detrás de estas experiencias.
Decidimos separarnos una tarde de marzo. Dos cervezas heladas en el rincón de un bar vetusto quedaron a la mitad, descuidadas por una conversación absurda, destemplada, altisonante. Ella se levantó y se fue, mientras yo me quedé con aquel par de cervezas temperadas a medio tomar y una congoja de puta madre. Pagué y me perdí por varias noches con sus días por las vísceras de la ciudad.
En ese viaje alocado, comencé a revivir recuerdos de nuestra relación tan efímera como transcendente. A veces lloraba de nuestras penas y reía de las alegrías. Hacía lo que ella y en el espejo la veía en mí, la sentía próxima, cerca, apetecible. Me acercaba y la besaba y la poseía y me curaba por minutos.
Por ella cultivé sus flores favoritas, cociné la comida que me gustaba y me maquillaba para quererme.
Su presencia en mí hizo que me reprochaba por lo que hacía, por lo que no me gustaba que hiciera y por lo que dejaba de hacer. Que sí la sal, que sí es muy dulce, que sí estaba gorda, que sí mostraba mucho.
En la penumbra de la ciudad, me veía de espaldas, de frente, desde arriba y desde abajo. Mi figura se desdibujaba entre la multitud, pero su esencia permaneció inconfundible. Cada detalle de su ser estaba grabado en las sombras de mis pensamientos, recordándome constantemente el eco de su nombre en cada rincón, en cada acera, en el asiento de mi vehículo, en la cama que quedó ancha.
Aunque sus pasos ya no resuenen a mi lado, tejió sus hilos en lo más hondo de mi ser, convirtiéndose en la protagonista de casi todos mis sueños y anhelos. Su ausencia es como una obra maestra inacabada, llena de promesas y susurros que se desvanecen en el aire. Pero está allí conmigo, susurrándome al oído, acariciando mis cabellos y untando de carmín el cuello de mis camisas.
Así, entre los destellos nocturnos y el susurro de los vientos, en el calor de la mañana tropical, persiste ella como un faro en mi horizonte, como la estrella de oriente, iluminando mis días con la nostalgia de lo que fue y la esperanza de lo que pudo haber sido. Aunque ya no esté físicamente a mi lado, su presencia perdura como un tesoro inalterable en el santuario de mi corazón.
