Poncho
MARATÓN PINCELERO 2024
Saúl Gragirena
3/4/2024
Solo recuerdo mis manos temblorosas, mucha sangre y el cuchillo cayendo al suelo. Sobre la alfombra quedó tirado el perro sin signos vitales mostrando sus fauces y sus ojos espabilados hacia el cuadro de la última cena que presidía el comedor.
Poncho había ingresado a la residencia por la puerta abierta debido al descuido de Mariela. También había saltado la verja de la casa vecina a tres cuadras, calle abajo. Un mestizo grande, robusto, fuerte que se mantenía amarrado a los pies de una palma del patio trasero de aquella vieja casa en donde vive el viejo cascarrabias Nicolás Molina. Este anciano solo tenía como compañía a ese animal indomable que comía o tragaba como un tigre y ladraba ruidosamente ante cualquier movimiento, sonido de los transeúntes o el cantío de los pájaros.
Hambriento, Poncho logró liberarse y escapar al correr por el corredor lateral hacia la calle persiguiendo un motorizado que pasó por el lugar. Aunque estuvo a punto de alcanzarlo, no logró morderle una pierna debido a la velocidad de la moto. Poncho se detuvo frente de la casa que sería su destino final.
Mariela, mientras escuchaba música de su celular a todo volumen por sus auriculares inalámbricos, regaba las flores de su jardín y los materos de plantas aromáticas. Lola su gata, bebía agua de una vasija para después irse como siempre a una cesta donde pasaría la noche.
Poncho descubrió la gata y entró en el lugar de manera sigilosa para luego, de manera inesperada correr en su búsqueda. Lola buscó resguardarse con agilidad ingresando al hogar por la pequeña rendija que dejaba la puerta principal casi cerrada. Poncho entró al segundo y en un acto acrobático pudo entre los muebles saltar, atraparla y le arrancó la cabeza.
Mariela al ver todo aquello, cerró la puerta de la casa, quedando Poncho dentro mordiendo las partes desmembradas de Lola y regando sangre por doquier y tirando al suelo las decenas de adornos, retratos y floreros.
Afortunadamente, Juvenal, el hijo de Mariela, un bebé de apenas dos años y medio, dormía plácidamente encerrado en su cuarto.
Mariela tomó su celular y trató infructuosamente comunicarse con Ricardo para que viniera pronto en su ayuda. Pero su amante, el padre de su hijo, el visitador sexual estaba ocupado entre sábanas con su secretaria en un motel a las afueras de la ciudad. Mariela gritaba en la calle desesperada, enviaba mensajes al grupo de chat de su cuadra, pero nadie salía, todos se escondieron, rehuían de aquel zaperoco que vieron desde sus ventanas o evitaban contestar por las vías digitales.
En ese momento aparecí en escena. Trotaba alrededor de la urbanización y me topé con Mariela. Con el pánico del momento trató de explicar lo que ocurría y después de varios minutos, tomé la decisión de entrar. Me armé de valor y de un cuchillo enorme que ella guardaba en un salón del patio el cual usaba para cortar las carnes asadas en la vieja parrillera en las noches festivas con sus familiares, amigos y por supuesto con su amante.
Cuchillo en mano abrí lentamente la puerta principal y observé al perro de frente con el hocico ensangrentado, los ojos brillosos y colmillos amenazantes. Mariela pensaba en su hijo, aspiro fuerte y de manera resuelta pateó la puerta y la mole se me abalanzó con agilidad sin embargo pude penetrar certeramente en el pecho del animal con fuerza extrema el arma, cayendo este haciendo una voltereta hasta agonizar y finalmente morir al lado del retrato bautismal de Juvenal. El cuchillo ensangrentado había escapó de la enorme herida y reposaba teñido de rojo a mis pies.
Sentí unas palmadas en la espalda, volteo con nerviosismo. Nunca olvidaré los ojos llorosos de aquella persona quien revolver en mano apuntó a su sien y se voló los sesos.
Hoy, los restos de Nicolás Molina serán incinerados junto a los de su amigo Poncho.
