Ojos de atardecer
MARATÓN PINCELERO 2024
Zeuxis Villalba
1/4/2024
Faltaba poco para terminar el día en que Doña Leonor cumplió 103 años. El color del sol muriendo, encendía sus pupilas al acariciar con su descenso los bordes muertos de la ventana. No hubo lágrimas en sus ojos, la sala estaba fría afuera pero adentro, la habitación estaba aún cálida. Al salir de ella, Emma miró a Beatriz, no tenía palabras en ese momento para agradecerle lo que había hecho por todos.
Ese día bien temprano, Beatriz se encontraba en su propia casa haciendo los oficios antes de ir a casa de Doña Leonor a preparar la comida que tanto le gustaba. Beatriz no llegó a casa de la madre de Emma por casualidad. Antes de salir de su país a buscar una mejor calidad de vida, limpió muchas casas grandes y tenía las mejores recomendaciones.
En base a esas excelentes recomendaciones fue contratada por Emma para que cuidara a su anciana madre, Doña Leonor, que en ese entonces tenía 100 años. Beatriz estaba feliz porque le iban a pagar una buena cantidad de dinero por hacer una de las cosas que más le gustaba hacer: Cocinar rico y escuchar.
La rutina era bastante sencilla, cocinarle a Doña Leonor cada día y acompañarla hasta el anochecer. Todos los días Beatriz se sentaba con Doña Leonor a jugar ajedrez y pasaban horas jugando y hablando. Se hicieron grandes amigas y aunque de a ratos la anciana olvidaba hasta su propio nombre nunca olvidaba el de Beatriz.
Mientras jugaban, siempre detenían sus charlas al atardecer, y en breves segundos miraban juntas los tonos dorados, rosas y amarillos que se escurrían lentamente por los bordes de la ventana. Era el único momento del día en que no escuchaban nada pero sentían todo.
Doña Leonor tenía cuatro hijos y de todos ellos solo Emma no estaba muy a gusto con el trabajo de Beatriz. Emma consideraba que debido a la avanzada edad de su madre, necesitaba a alguien con experiencia en cuidados médicos a su lado.
Los comentarios no tardaron en llegar a oídos de Beatriz quien sentía pena por dejar sola a Doña Leonor pero entendía la preocupación de Emma. La solución fue contratar a una persona con experiencia en medicina, hasta que Beatriz consiguiera un nuevo trabajo.
El tiempo pasó muy rápido, personal con experiencia en cuidados médicos iban y venían pero nadie era del agrado de Doña Leonor, solo Beatriz sabía dejarse ganar al ajedrez y dejar las ventanas abiertas para apagar voces y sentir los colores del atardecer.
Al cumplir 102 años, Doña Leonor enfermó y cayó en cama. Estaba la mayor parte del día encerrada en su habitación, durmiendo y sedada. Una persona experta en atención y cuidados médicos fue contratada a tiempo completo y la presencia de Beatriz no era necesaria por lo que solo iba cuando necesitaban ayuda adicional.
Así estuvo Doña Leonor hasta que llegó el día de su cumpleaños 103. Beatriz se desocupó temprano de sus oficios y salió a casa de Doña Leonor a prepararle su comida favorita, nadie la llamó pero ella sentía que debía estar allí.
Cuando Beatriz entró en la habitación, lo primero que hizo Doña Leonor fue extender sus brazos lo más que pudo y le dijo lo siguiente:
—Que bueno que Emma te dijo que vinieras a verme, tenía rato preguntando por ti.
—Si, apenas me avisó vine a verla Doña Leonor, aquí estoy para abrirle esas ventanas.
Mientras Beatriz preparaba la comida, una enfermera debía cuidar a Doña Leonor pero algo no estaba bien. Había mucho silencio y Beatriz se acercó a la habitación. La enfermera se había quedado dormida y aunque Doña Leonor no decía nada, Beatriz vio el atardecer reflejado en sus pupilas, sostuvo su mano con fuerza y en ese momento antes de cerrar sus ojos por última vez la sintió irse.
Los colores cambiaron en su cuerpo de la misma forma que cambió el cielo y sintió desvanecerse la calma antes de convertirse en melancolía.
Cuando su hija Emma llegó ya el atardecer había terminado. En breves segundos se hizo de noche. Beatriz tomó la mano de Emma y la puso junto a la de Doña Leonor antes de salir de la habitación.
