No soy quien era
MARATÓN PINCELERO 2024
Lisbeth Jones
2/4/2024
El día había estado de locos. Se lo veía venir y lo peor es que no podía evitarlo. Empezó mal cuando al despertar y caminar con un ojo abierto y el otro cerrado, la cafetera no estaba.
De un solo brinco se espabiló y con los nervios nerviosos de punta, buscó en todos lados. Sabía con exactitud cual era su puesto. Por Dios! Cómo no saberlo si ella era, la Reina de la estancia.
El reloj comenzó a sonar como loco. Era la alarma del ejercicio diario y ni siquiera el café estaba listo.
No quedaba otra, montarse en la máquina y comenzar la carrera de cinco kilómetros diarios.
Sudando en el tercero la máquina se apagó y la lanzó lejos de allí. Pego durísimo en la pared y de cabeza le gritó: Qué te pasa máquina loca?
Esto estaba mal de dijo, levantándose como pudo se fue al baño. Todo estaba de cabeza y el tiempo seguía su paso estruendosamente. La alarma de nuevo. Bendita alarma, se dijo para si.
Menos mal tenía por costumbre sacar la ropa del día, la noche anterior por lo que sin ver mucho se seco, aplicó la crema corporal y se vistió confiando claro está en qué estaría todo listo para salir.
La alarma de nuevo! Por los clavos de Jesús, que alguien la acalle. Corriendo al metro, con el morral colgando y sin café en la mano logro colarse en el justo momento de cerrarse las puertas.
Pudo al fin respirar. Sin embargo, no notó que todos le veían de forma rara y hasta incómoda. Una estación, dos estaciones, tres estaciones y estando tan concentrado llegó la sexta y se pasó!
Bendito día y solo eran las 8 am. Debía correr tres cuadras de regreso pero sabiendo que, nada de lo que hiciera le permitiría llegar a tiempo.
Cómo se lo dijo internamente desde que la cafetera desapareció, este no era ni sería un día normal.
Al fin llegó, sudoroso y desarreglado y loco, trato de acomodar el aspecto. Para pegar un clip en el cuadro de texto, tócalo. Subió al ascensor dando los buenos días de la manera más amable que pudo.
En medio de todos en ese minúsculo aparato, de reojo se vió al espejo y allí se detonó la bomba nuclear.
Comenzaron los gritos y las preguntas a mil por hora! Que estaba pasando? Qué sucedía allí? No podía entender nada.
La imagen que el espejo reflejaba no era él. No podía ser él. Nunca ni en los más profundos de sus sueños locos esperaría una situación así.
Él, un orgulloso ex atleta universitario, profesional de las gráficas, amante del café negro, fuerte y sin azúcar. Altísimo como le decía su abuela, fuerte como enorgullecía su papá, de tez morena, frente amplia ojos vivaces y oscuros, se vió reflejado en una imagen diminuta de una mujer blanca de aproximadamente 1.55 cm con rostro delgado, ojos azules y mirada triste.
Que además para completar la pesadilla estaba vestida de colores estridencente que para nada combinaban entre si.
Llamó si su atención el cabello. Una hermosa bola de cabello rulo y rubio enmarcaba ese rostro triste que veía en si mismo y que no comprendía que pasaba.
Corriendo como pudo salió de aquel ascensor preguntándose si estaba loco. No podía pasar esto. Ni en sus peores cuentos locos podía haber avizorado esto. No! Nunca! Jamás!
Sin saber dónde más ir, se sentó en la primera banca que encontró porque su pecho estaba a punto de estallar.
En ese momento y solo en ese momento prestó atención y pudo verse desde un plano superior a si mismo observándose además.
Al fin escuchó su alrededor y atendiendo la conversación pudo entender.
Su casa y todo adentro no era la suya, sin embargo la cafetera encerrada en la alacena en una esquina lloraba y comentaba con el extractor de jugos:
Vicente no debió morir! Nunca debió dejarme. No podremos vivir sin él. Está casa no tiene ya vida. Mírate extractor! Miramos a nuestro alrededor y todos estamos aquí, arrimados y casi olvidados. No debió partir así.
La cafetera expresaba su pesar y solo así Vicente entendió. Cuando despertó esa mañana ya no era él. No lo era hace meses. Esa alarma, la cafetera perdida, la ducha sin agua fría, el metro pasando de estación no era su mundo.
Había muerto hacia 6 meses en un choque de trenes en una estación y su alma perdida y sin haber cumplido su trabajo en esta tierra volvió en el cuerpo de es mujer pequeña, de mira triste y cabellos rizados. Ella que no tomaba café, no hacía ejercicios y no era diseñadora.
Solo en ese momento constante que, el viento le hablaba, la banca le explicaba y el día le murmuraba Vicente, no eres tú, ya no estás, por favor regresa aquí!
