Mi horizonte
MARATÓN PINCELERO 2024
Yreudy Villalba
1/4/2024
La primera vez que te vi, lo supe. No había vuelta atrás.
Deje que me vistieras con el azul celeste de tu cielo despejado y que esa brisa que lo acompañaba acariciara mi alma con una calidez que solo tú podrías proveer.
Despertar anhelante de un abrazo de tu silueta, enmarcada en brazos de cordillera, fue suficiente para atraparme de a poco, lentamente y embarcarme en un océano de cosas extrañas e impredecibles, que daban miedo, pero que a su vez enseñaban.
Cada día transcurrido, era como vivir en aquel país de las maravillas de una niña llamada Alicia, era como una obra de arte viviente llena de fantasía que no dejaba de perseguirme, un universo de cosas que no tenían sentido, pero que estaban allí para demostrar que lo lógico no siempre era lo ideal.
Ver emerger de un témpano de nieve, lava candente que no quemaba, sentir sobre mi rostro esa lluvia con sabor a lágrimas que gritan dolor en silencio, seguir el rumbo de una brújula donde el norte puede ser el sur y de repente ver el arco iris mas bonito adornando un firmamento nocturno sin luna llena, era como vivir en un sueño donde el final era un destino incierto.
Un día lo decidí. Era unirme a este cuento de fantasía o sucumbir al espectro de una locura que tenía hambre de cordura.
Si las ballenas podían volar, si las estrellas podían verse de día, y si los árboles podían crecer boca abajo entre las olas de tu inmensidad, yo también podría hacer la diferencia.
Así que en mi navío, embarcada sin rumbo fijo, lo pensé muy bien. Si lo lógico no era lo correcto, lo ilógico si podría serlo. Tome mi brújula y en lugar del norte me fui al sur. Mi norte aunque fuera el sur eran aquellas dos estrella que titilaban a la distancia en lo más alto del cielo celeste de mediodía.
Navegue y navegue hacia el sur, sorteando las raíces de todos los árboles que crecían al revés y que parecían disfrutar de lavar sus frondosos follajes en un mar con exceso de sal.
Navegue y navegue hacia atrás, hasta toparme con tres peligrosos vórtices, fríos y oscuros. En mi viaje nunca había escuchado nada. Estaba envuelta en un nefasto silencio. Llegue a pensar que era sorda, pero no.
Me arranque una oreja y la lance a uno de los vórtices. La oreja nunca apareció y tampoco escucho nada.
Al segundo vórtice lance mi boca. Esperaba que alguien me escuchará. La boca salió pero cocida.
Para el tercer vórtice, me arranque el corazón. Sabia que sin él, dejaría de respirar pero tenía fe en que en ese tercer vórtice encontraría la respuesta que tanto buscaba.
Cuando ya me faltaban pocas respiraciones, el vórtice se cerró y de el salió el corazón, pero esta vez no era un corazón opaco y frágil. Era un corazón de luz, indestructible, lleno de vida y amor.
Allí fue donde lo entendí. El tesoro no era tolerar las cosas raras de tu paisaje, era hablar, respirar, sentir, escuchar y ver con el corazón.
Ahora cada vez que veo tu cielo, cada vez que veo esas estrellas en tu firmamento, cada vez que veo las ballenas volar a mi alrededor o los árboles crecer al revés, no me asusto. Me alegro por haber entendido que no siempre lo normal es lo correcto y que el mejor paisaje es el que ves con el corazón.
