Luces
MARATÓN PINCELERO 2024
Zeuxis Villalba
3/4/2024
—Solo recuerdo mis manos temblorosas, mucha sangre y el cuchillo cayendo al suelo.
—¿Y las demás personas?, ¿Las recuerda?. Sus huellas están por todos lados.
—No puedo recordarlas pero estaban allí, las podía escuchar, sus voces van y vienen. Mi hijo, mi hijo me necesita. Por favor, déjenme salir de aquí—contesté con la voz entrecortada y aún sin poder abrir mis ojos.
Un día antes de suceder todo, me levanté bien temprano de la cama. Teníamos un gran almuerzo con viejos amigos de la universidad. Era la primera vez en mucho tiempo desde que me convertí en madre que me animaba a una salida grupal. Ya había olvidado esa sensación.
Una celebración de primera casa. Muebles, cocina, mesa y niños nuevos era nuestro ambiente. El arbolito de navidad con sus luces intermitentes de noviembre a febrero nunca podía faltar. En ese caso estábamos en el mes de octubre pero esta gente amaba la navidad, no era necesario para ellos esperar hasta diciembre para celebrar y eso me agradaba mucho. De niña nunca tuve esa oportunidad de disfrutar las navidades.
Entre risas, saludos y la corredera detrás de mi hijo para que no se golpeara practicando sus primeros pasos, se sentía un ambiente bastante agradable. Estábamos preparando uno de mis platos favoritos: Pescado frito con verduras y ensaladas.
Todo estaba de maravilla hasta que empecé a ver las luces. El almuerzo se demoró más de lo normal y las entradas a ese plato principal eran cócteles de frutas exóticas y vino.
El vino puede ser algo sencillo de procesar para paladares acostumbrados a ese tipo de bebidas. En mi caso no. Recuerdo la primera vez que olí el vino, que sentí ese asqueroso sabor en mi boca. Mi padrastro me hacía beberlo hasta perder la razón de mi existencia y en ese momento comenzaba a ver luces, esas luces.
En este caso, no recuerdo haber terminado de colocar la copa en la mesa cuando empecé a ver las luces del arbolito por todos lados. Luces en el techo, las ventanas, en el suelo. Me resultaba imposible mantener la cabeza en una sola posición, solo quería irme en ese momento, arrancarme los ojos para no ver esas terribles luces.
Me arrastré y apoyé mi cabeza en la mesa y todo seguía dando vueltas a mi alrededor. Mis ojos no los podía abrir, me dolían y en el fondo solo escuchaba a mi hijo llorar. Siempre lloraba pero este llanto era nuevo, desgarrador. Algo no estaba bien y a pesar de escuchar sus gritos entremezclarse con el de las otras personas no lograba ubicarlo por ningún lado.
Quería abrir los ojos para encontrarlo, juro que quería hacerlo pero eso significaría ver nuevamente las luces de colores intermitentes aparecer en mi mente. Parpadear infinitamente era una completa pesadilla.
—¿Aún sigue con la misma historia?—preguntó el experto en criminología.
— La repite una y otra vez. Está convencido de que es la madre de uno de los niños asesinados y que no recuerda a las personas pero las escucha en su mente.
—Es un caso bastante complicado. Ni siquiera se ha dado cuenta que se sacó los ojos con el cuchillo luego de cometer el crimen.
Los investigadores insisten en que no soy quien pienso y que ese sábado temprano en la mañana, me encontraron en el patio del vecino enredado en las luces de su árbol de navidad. Todas las pruebas están en mi contra: Las huellas, la sangre, el cuchillo a mi lado.
Todos murieron ese día y aunque no puedo recordar cómo sucedió algo tan terrible, aún siento el sabor amargo del vino en mi boca. Las luces se apagaron, ya no puedo verlas.
