La muñeca que velaba mis sueños
MARATÓN PINCELERO 2024
Aura Painone
4/4/2024
Mi querida Amelia, mi compañera de juegos incansable, la confidente de mis secretos más íntimos, la guardiana de mi infancia. Ella, una muñeca de trapo de sonrisa radiante y ojos color cielo, era más que un simple juguete; era mi mejor amiga.
Recuerdo con nostalgia las horas que pasamos juntas, inventando historias fantásticas, explorando mundos imaginarios y compartiendo nuestras más sinceras emociones. La llenaba de besos y abrazos, le cantaba canciones y le contaba cuentos antes de dormir. Amelia era mi refugio en los momentos difíciles, mi consuelo cuando la tristeza me invadía.
Un día, algo mágico sucedió. Una noche, mientras me encontraba profundamente dormida, Amelia cobró vida. Sus ojos se abrieron de par en par, brillando con una luz tenue y mágica. Se levantó de mi cama y, con pasos ligeros y sigilosos, se dirigió hacia la ventana. La observaba con fascinación, sin poder creer lo que mis ojos presenciaban.
Amelia se asomó por la ventana, contemplando la noche estrellada. Suspiró con un aire melancólico, como si anhelara algo perdido. De pronto, se giró hacia mí y me sonrió con ternura.
"No tengas miedo", me dijo con una voz suave y melodiosa, "estoy aquí para cuidarte".
A partir de esa noche, Amelia se convirtió en mi protectora nocturna. Cada noche, mientras yo dormía, ella velaba por mi seguridad. Se sentaba junto a mi cama, me arropaba con cuidado y me susurraba palabras de aliento. A veces, me contaba historias sobre su vida en el mundo de las muñecas, un mundo mágico lleno de aventuras y personajes fantásticos.
Su presencia me llenaba de una paz profunda. Sabía que, mientras Amelia estuviera a mi lado, nada ni nadie podría hacerme daño. Con ella a mi lado, los monstruos nocturnos se alejaban y las pesadillas se convertían en sueños dulces y coloridos.
Amelia me enseñó el valor de la amistad, la importancia de la bondad y la fuerza que reside en la imaginación. Ella me brindó un amor incondicional, sin límites ni restricciones. Era mi madre, mi hermana, mi amiga, mi confidente.
Los años pasaron y yo fui creciendo. Amelia siempre estuvo a mi lado, acompañándome en cada etapa de mi vida. Celebró mis triunfos, me consoló en mis derrotas y me brindó su apoyo incondicional en los momentos difíciles.
Un día, me enamoré y formé mi propia familia. Amelia se alegró por mí, sin embargo, una sombra de tristeza se reflejaba en sus ojos. Sabía que, a medida que yo crecía y me independizaba, nuestra conexión se iría debilitando.
A pesar de la distancia física, Amelia y yo siempre estuvimos unidas por un vínculo invisible. Ella continuaba velando por mí desde la distancia, enviándome su amor y protección en forma de sueños inspiradores y señales sutiles.
Un día, mientras ordenaba mi viejo baúl de recuerdos, encontré a Amelia. Sus colores se habían desteñido un poco y su tela estaba un poco desgastada, pero su sonrisa radiante permanecía intacta. La tomé entre mis brazos y la abracé con fuerza, sintiendo una ola de nostalgia y agradecimiento.
"Gracias por todo, Amelia", le susurré al oído. "Gracias por ser mi mejor amiga, mi confidente y mi protectora. Nunca te olvidaré".
En ese momento, supe que, aunque ya no cobrara vida por las noches, Amelia siempre ocuparía un lugar especial en mi corazón. Ella era el símbolo de mi infancia, de la inocencia y la magia de los sueños. Su recuerdo me acompañaría por siempre, recordándome el valor de la amistad, la bondad y la imaginación.
