Hojas secas

MARATÓN PINCELERO 2024

Saúl Gragirena

1/4/2024

- Hola

- Hola ¿Qué vas a hacer mañana?

La pregunta le sorprendió. Había estado semanas chateando con ella y nunca tuvo una pregunta tan directa. Ya tenía planes que quería hacer solo, pero a partir de ahora todo cambió.

- Iré temprano a caminar al parque – escribió con duda y esperó…

- ¿Te puedo acompañar?

Pensó un rato, mientras miraba el celular. Quería causar algo de intriga, hacerse el duro, crear un ambiente no tan fácil. Esa estrategia siempre funciona. Movió los dedos sobre el teclado, suspiró fuerte, acomodó la almohada hacia su nuca, esperó otros diez segundos y escribió.

- Salgo a las cinco, bien temprano.

Era una prueba. Estaba buscando esa reacción que de manera inequívoca la llevaría a una respuesta definitoria.

- ¿Crees que no puedo estar lista a esa hora?

- No, no, no. Solo te advertía. Supuse que era muy temprano para ti.

- ¿Entonces?

- Te paso buscando nena.

- Perfecto. Estaré pendiente.

- Chévere. Linda noche – Un cierre perfecto y una sonrisa nerviosa.

- Feliz noche

Llegaron temprano. Apenas se asomaban los primeros rayos de sol. El lugar parecía encantado, donde el verde brillaba con vida y se respiraba alegría a lo largo del camino. Cámara en mano, Darío buscaba las mejores fotos mientras conversaba con Sofía. Ella hablaba de sus secretos, mientras él atento escuchaba. Todo fluía muy distinto a los chateos interminables y a las llamadas furtivas. Era una ocasión para explorar el uno al otro y ambos a la naturaleza que los rodeaba.

En el camino se deleitaron de los araguaneyes dorados, ceibas enormes, samanes, robles y caobas y un sinfín de pájaros e insectos. Todo era radiante, vivo, feliz. Sofía tomó una flor, la colocó en su cabellera y posó para Darío. La complicidad creció en cada recodo, en cada paso. En un mirador del río se tumbaron sobre la grama para disfrutar de la bandada de bulliciosos loros.

Se refrescaron en la cantina del lugar. Bebieron un té frío de flor de Jamaica y unos panecillos de coco. Sofía sonreía ante la mirada de Darío.

Al llegar a casa de Sofía, se despidieron con un beso en la mejilla. No pasó a más. Todo quedó para un próximo encuentro. En pocos días fue inevitable que cruzarían la línea invisible del amor y el deseo. De estar juntos. De conocerse hasta el último centímetro de sus cuerpos trajinados.

Dos años pasaron, y la relación entre Darío y Sofía se desvaneció como la lluvia en el verano. El parque, una vez exuberante, se convirtió en un lugar marchito y seco debido a la falta de lluvia, reflejando el vacío que ahora habitaba en sus corazones. Sobre todo en Darío al verse traicionado por Sofía. Su corazón ya no era suyo, su amor hizo nido en un compañero de trabajo. Darío ya es cosa del pasado.

A pesar de la tristeza que lo embargaba, Darío decidió regresar al parque. Mientras caminaba entre los árboles desnudos, una brisa suave acarició su rostro, trayendo consigo un rayo de esperanza. Aunque las circunstancias habían cambiado, el parque guardaba en sus raíces la promesa de nuevas estaciones y renovación de su flora. Un armadillo pasó a pocos metros de él y solo avistó dos loros bajo un cielo interminable y un sol ardiente.

Darío comprendió que al igual que el parque, él también encontraría la fuerza para volver a florecer. Aunque los recuerdos permanecían, el futuro aún le ofrecía la posibilidad de nuevos comienzos y crecimiento.