En mi camino

MARATÓN PINCELERO 2024

Zeuxis Villalba

6/4/2024

Era un día soleado de inicios de Primavera, una hermosa mañana. El sol en mi cara, la brisa y el sonido de los pajaritos. Me encantaba caminar esas tres largas cuadras para realizar las compras de la semana. Me sentía el hombre más afortunado del vecindario.

Un escape en medio de la tediosa rutina. Mientras me acomodaba la incómoda pero necesaria mascarilla en tiempos de rinitis alérgica, sentí que algo salpicaba en mi nariz, una especie de líquido. Inmediatamente me quité aquella máscara con fuerza y comprobé mis terribles sospechas: Una cagada de pajarito, muy liquida, lo suficientemente líquida para llegar hasta mi boca, salí premiado.

Pensé dentro de mi «tranquilo Carlos, no pasa nada chico, piensa en la pobre criatura alada, algo debió caerle mal en su estómago, esa cagada estaba muy líquida, pobre pajarito con diarrea». Recordé que siempre cargo en mi bolso un antibacterial y toallitas húmedas para estos casos, y asunto resuelto «Chivo que se devuelve se esnuca mijo» eso decía mi abuela Carmen.

Así que yo muy optimista, decidí continuar mi anhelado camino. Antes de pasar la segunda cuadra y mientras guardaba mis herramientas de limpieza, mi zapato aplastó con fuerza, la cagada jurásica más grande que he pisado en mi vida. Mi huella quedaría fijada para el futuro en ese sitio, definitivamente había salido repremiado en cagadas de varios niveles.

Al acercarme para observar bien la magnitud del embarre. Si, porque soy miope y no lo podía creer, me di un respingo por el asqueroso olor. El pobre pajarito evidentemente tenía diarrea pero este monstruo jurásico del infierno tenía problemas serios en su flora intestinal.

Grité mil veces en mi interior mientras trataba de quitar con un palito de árbol cada pedazo gigante de aquella asquerosidad. Si no hubiese sido porque aquel zapato era nuevo y me gustaba mucho, me lo hubiese quitado para evitar embarrar mis dedos. Demasiado tarde me llegó el pensamiento.

«No pasa nada Carlos, tienes toallitas húmedas, sigue caminando arrastrando los zapatos por la gramita y la arena, todo saldrá», eso pensé en ese momento y a pesar de mi suerte decidí continuar mi camino.

De pronto, como una especie de rara señal, a pocos pasos de la plasta jurásica, se encontraba un cartel con una foto de un perro. El perro en cuestión, que respondía al nombre de Lulú, era un enorme San Bernardo que combinaba perfectamente con el tamaño de sus huellas al pasar.

Decidí continuar mi camino con la foto en mano, y cuando iba llegando a la tercera cuadra, apareció ante mi lo que parecía ser el perro buscado. Con la foto delante de mis ojos, la bajaba y la subía, la bajaba y la subia, una y otra vez. Era Lulú, era él o era ella.

— ¡Lulú!, ¡Lulú!, grité con fuerza, a todo pulmón. El o ella movió su cola y se volteó a verme. Se vino corriendo hacia a mí, moviendo su enorme cuerpo peludo con su lengua babeante afuera, y yo allí indefenso con el zapato aún bañado en mierda y ese olor espantoso en mis dedos, salí corriendo lo más rápido que pude, a todo lo que podían darle mis piernas en ese momento, sin mirar atrás.

Lo próximo que sentí fue un mordisco en mi nalga derecha. El grito emitido por mí en ese momento fue tan fuerte que hizo salir a todos los vecinos de la cuadra.

Ese día no pude finalizar mis compras y pasar de la tercera cuadra. Pero gracias a Lulú, además de un mordisco, me gané una gran recompensa monetaria por haberla encontrado en mi camino.

La abuela Carmen tenía razón cuando nos decía, entre sus muchos refranes, que pisar cagadas o recibirlas del aire, era dinero seguro.