El Zenit
MARATÓN PINCELERO 2024
Samuel Piña
1/4/2024
Se hace más y más empinada la subida. Si son 100 metros o 100 kilómetros ya no importa, sólo me concentro en el siguiente paso. Mis piernas se alternan una y otra vez para golpear el pavimento, voy inhalando aire y exhalando fuego. Con cada zancada mi cuerpo se hace más pesado, y cada fibra muscular grita que pare, que pare ya, pero no les hago caso. Sé que me acerco a mi destino, y que valdrá la pena cada paso, cada minuto, cada segundo.
Sería natural asumir que estoy en una competencia, y que la fama y la gloria me esperan al final de este feroz ascenso, pero lo cierto es que el único público a mi alrededor son los árboles y los arbustos en su eterna danza ondulante con el viento, pequeñas manchas de vida que pasan por mi visión periférica borrosamente. No, estimado lector, mi recompensa no es monetaria, ni de prestigio, nada de esas vanidades. Es algo más trascendental.
Al acercarme al ápice de la colina, puedo sentir como mi cuerpo se vuelve ligero, el asfalto se hace algodón y mis pasos tan suaves como la seda. Lo que era un implacable calor se torna una sensación de calidez agradable, y el viento sopla ligeramente para acariciar mis mejillas enrojecidas y limpiar el profuso sudor de mi frente. Se suele pensar que esos últimos pasos son los más difíciles, pero este no es el caso cuando uno está intoxicado. Intoxicado de mi cuerpo liberando endorfinas y de la dulce brisa vespertina.
Finalmente llego a tan ansiada cima, y la fatiga da paso a un sentimiento satisfactorio, el sentimiento de libertad, de liberación. Y es aquí donde consigo el verdadero premio, al girar y presenciar cómo el sol, ocultándose lentamente detrás del horizonte, tizna el firmamento de un profundo carmesí con nubes rosáceas sacadas de un cuadro expresionista. Pero lo cierto es que ninguna pintura o fotografía le harían justicia a este paisaje, y mi descripción no es más que un tosco bosquejo del universo revelando sus secretos en el tope de una recóndita montaña. Por unos minutos, asciendo a un plano supraterrenal, donde mis problemas se desintegran, y todo lo demás en el mundo deja de existir. Las preocupaciones del día pasan a un segundo, tercer plano, y solo somos la montaña, el cielo y yo, iluminados levemente en este ocaso de ensueño.
En momentos así uno se percata de lo grande y lo pequeño: de lo grande que es el mundo y el cosmos en su totalidad, y de lo pequeño que somos nosotros, con nuestros problemas y conflictos cotidianos. Pero también pienso que, si somos un grano de arena en un desierto de dimensiones inconcebibles, entonces se trata del grano más complejo que podríamos imaginar. Un microcosmos en sí mismo, con todo lo bueno y todo lo malo. Todos los que han vivido y todos los que están aún por existir. Todos los que se han ido y todos los que aún están aquí. Todas las almas habidas y por haber. El gran misterio de la vida que, como dijo una mente brillante una vez, no está para entenderlo, sino para experimentarlo.
En resumen, en momentos así, me percato de que estoy vivo.
